Te quiero infinitamente porque
no te amo. No te deseo, porque las circunstancias impiden que tú seas mía.
Cuando digo las "circunstancias", no pretendo decir -y tú lo
sabes- las vicisitudes de la vida, el puesto que ocupas en el consorcio social,
las obligaciones que has suscrito hacia otros.
El puesto que ocupas siempre puede cambiar, las obligaciones pueden disminuir
por medio de mentiras que nos recitamos a nosotros mismos.
El hombre y la mujer son pequeñas maquinas ingeniosas para fabricar pretextos
y justificaciones.
No serás mía, no debes ser mía, por el motivo que se condensa
en estas dos palabras: "porque no".
Un literato americano dedicó una de sus novelas "A mi mujer, gracias
a cuya inexistencia he podido escribir este libro." Yo, que no escribo libros,
puedo dedicarte mi amor simbólico, porque concretamente no te amo; porque
a pesar del esplendor de tu frente, el magnetismo de tus ojos, la electricidad
que emite tu piel, a modo de débiles ondas discretas, como el ambar frotado,
no me produces escalofríos.
Te amo porque no te amo. Eres como ciertas cigarras apresadas desde miles de años
atrás en una resina transparente. Eres una obra de arte no mía,
que admiro en un museo; eres una tela pictórica en un templo, al cual no
llegan mis dedos. Te amo porque eres inalcanzable, y lo eres porque entre tú
y yo se ha establecido, sin que nos hayamos puesto de acuerdo, un pacto recíproco
de no agresión, un pacto de no-amor. Tengo la seguridad de que el amor
no surge en mí, o si surge no se arraiga, no germina, no florece, porque
yo no haga nada para animarlo. Todos los amores son desgraciados enfermizos que
se aguantan en vida artificialmente, en una incubadora.
Los hombres se enamoran porque quieren. Yo no quiero. Yo no quiero saber, no quiero
conocer, no indago. Yo sé que te pones elegante, te pones bella, te refinas
(admito que puedes llegar más lejos del refinamiento-límite) para
otros, no para mí. Para otros inventas los embustes más blandos
y las mentiras más temerarias, y no para mí, y yo puedo observar
apáticamente tus perfidias eventuales, tal vez programadas, como el espectador
de un circuito automovilístico que se coloca a prudencial distancia de
las curvas propicias a las catástrofes. Yo no corro riesgos, yo me protejo
porque no te amo. De tu cuerpo, de tu fisiología períodica, de tu
irregular patología (incluso tendrás tus pequeños malestares)
no sé nada; ignoro las pequeñas servidumbres que disminuyen la atracción.
La atracción no puede disminuir en mí porque no te amo.
La dama de las Camelias se colocaba durante tres o cuatro días una camelia
roja en el vestido. Todos los amantes están informados de aquella camelia
roja, aunque no esté puesta en evidencia oficialmente.
Yo, sin embargo, que soy un superprivilegiado, veo ininterrumpidamente la camelia
blanca, porque tú eres para mí un espíritu puro, una abstracción
algebraica. Las lágrimas sin sentido, los cambios de humor y las inquietudes
de las otras mujeres se explican calendario en mano. Para mí tus lágrimas
siempre son de naturaleza cerebral, y eso te confiere una aureola de espiritual
melancolía. Tú eres para mí la mujer sin porqué, a
partir del momento en que no inventas para mí tus absurdos porqués.
Tus actos son siempre genialmente irracionales. Entre tú y yo nunca habrá
las inevitables miserias, las sucias mezquindades del fin, porque nunca habrá
principio. Nuestro amor, o por lo menos el mío, es el más bello
de todos los amores porque entre tú y yo el amor nunca existió.
Y para terminar, amiga mía,
sigue siendo bella, imprevista, insólita y fuera de lo normal. Me gustas
así porque eres las mujer que no amo.